San Rafael, Veracruz.- Los sepultureros maniobraban con los féretros que albergan los cuerpos de Axaharim y su hijo Ricardo, de 18 años de edad, cuando un amigo de la familia Sarro López tomó la palabra.

“Sí vemos que no hay justicia, vamos a convocar a una marcha pacífica para exigir que los responsables sean metidos a la cárcel”.

Sus palabras tuvieron eco entre los habitantes de Sonzapotes, municipio de San Rafael, que asintieron con la cabeza, las palabras de aquel hombre, canoso y de gafas oscuras.

El lunes 13 de junio, como cada año, los Sarro López  acudieron a la feria de San Antonio Rayón, municipio de Jonotla, en el estado de Puebla. Eran las fiestas patronales, y estaban entusiasmados de poder observar la destreza de los jinetes en aquella región.

“Habíamos ido a  ver la competencia de jinetes. A nosotros nos gusta el jaripeo, los toros, el rodeos”, contó  durante el velorio Francisco Sarrollo Vaillard, el padre de familia que junto a su hija Aime y Héctor, sobrevivieron al ataque de los uniformados.

Desde la vivienda de color amarillo canario, que  se encuentra en una loma, a la entrada de Sonzapotes, y que ahora está habilitada como velatorio, Francisco relata cómo ocurrieron los hechos.

Ellos transitaban sobre la carretera Amozoc-Nahutla, entre las comunidades de María de la Torre y Emiliano Zapata, cuando una camioneta blanca los rebasó gran velocidad. Él, que venía dormitando, no puso mayor atención en el modelo, la marca o las placas del vehículo.

“Pasó… y como cualquier cosa, lo único que me llamó la atención es que iba a alta velocidad”.

Un par de minutos después, su esposa le dijo: “algo le explotó a la camioneta”, pero apenas terminó la frase, ella misma se interrumpió para decirle: ¡no, es que nos están disparando”. Entonces, Francisco se incorporó, y tras escuchar otros disparos, le respondió: “¡¿Cómo?! ¡Párate!,¡párate!.

“Yo pensé, si algo quieren, van a pedirnos que nos bajemos, y nos van a revisar. No teníamos nada que ocultar”.

Estaba equivocado. Alejados de los protocolos de detención de personas, los policías no se molestaron en marcar el alto, pedir que  se identificaran. Se fueron contra ellos sin mediar palabras.

“Cuando mi esposa detiene el vehículo, los policías nos cruzan, se paran enfrente de nosotros, se bajan, y sin decirnos nada nos empiezan a tirar de frente”.

Francisco recuerda haber gritado a sus hijos que iban atrás: ¡agáchense!, ¡agáchense!. Mientras seguían los tiros, tiros y tiros…

Cuando los gritos de clemencia de su esposa fueron acallados a balazos, la policía se marchó del lugar de la misma forma en que los abordó: sin mediar palabra.

“Nos dejaron ahí. No nos prestaron auxilio”, dice Francisco, un hombre de 36 años, hombros agachados, que como un paseo familiar fue convertido en tragedia por policías municipales.

Sentado en una silla de plástico, debajo de un árbol de mango, el hombre se cuestionó: “¿Cómo es posible esto? ¿Cuántos casos más tienen que pasar?”.

En el momento en que presencia la sepultura de su esposa y su primogénito, Francisco se encuentra abrazado de sus hijos: Aimé, de 15 años y Héctor de 9 años, que sobrevivieron al ataque policiaco, y de Yamilet y Francisco, que ese día no había viajado con ellos.

Francisco  y Axaharim se casaron cuando ella tenía 15 años, y el acababa de cumplir los 17 años. En un principio, Héctor López Cruz, padre de Axaharim estaba molesto por la decisión de su hija. Él quería que ella continuara sus estudios.

“De mis tres hijas ella era la mayor. Le gustaba bailar, sobre todo la música salsa. Tenía un carácter alegre, le gustaba hacer amistades”, dijo Héctor López, quien durante el velorio, contó que el disgusto con su hija por aquel joven matrimonio, terminó cuando nació su primer nieto: Ricardo, a quien pronto la familia llamó “Charri”, de cariño.

Axaharim era una mujer alta, morenita y de ojos cafés, a quien sus amistades la recuerdan como una mujer amable, que le gustaba bromear, platicar con la gente. Pero también, que sabía mostrar su carácter.

Su hija Aimé, de 15 años, dice que cuando ella y sus hermanos no acataban sus órdenes, se llevaba un buen sermón.

“Cuando me desvelaba, y al otro día me quedaba dormida, me regañaba, y solía decirme: “Para la otra no los voy a dejar ir. Les dije que no se iban a poder parar, y miren: dicho y hecho”.

Durante el velorio en la casa de los Sarro López, estudiantes del Teba de SonZapote amigos de Ricardo, acudieron a dar el pésame a la familia. Muchos de ellos estaban notablemente afligidos: no se separaban del ataúd donde se encontraban sus restos, y otros tenían los ojos y la nariz enrojecida de tanto llorar.

Felipe Castañeda Iturbide, maestro del Teba, cuenta que Ricardo era un joven con sueños, bueno para el estudio, en donde su promedio académico era de diez, y con un gusto por cultivar la amistad entre sus compañeros.

“Una vez  me pidió que lo orientara porque él quería estudiar para federal de camino”, contó el profesor, que le dio primero y segundo semestre de bachillerato, y ahora lamenta que los jóvenes de la región estén expuestos.

“Charri” compartía con su padre el gusto por el jaripeo, y en su corta carrera como jinete, ya había hecho amistades con otros montadores de la región.

Durante el sepelio, mientras los restos de su madre y los suyos eran acomodados en su nicho, un grupo de montadores recitó la oración del jinete. Mientras que sus compañeros de preparatoria hicieron un pase de lista.

Fue entonces cuando el amigo de la familia Sarro López tomó la palabra, y luego de expresar la intención de realizar una marcha para exigir justicia, argumentó:

“Tal vez no revivamos a ellos, pero evitaremos que otras familias  sean arteramente asesinadas”.