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Vivo para limpiar el nombre de mis hijos; asesinados por policías

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Carlos Caiceros  |
 Domingo, Septiembre 1, 2019

Policías mataron a Ernesto y Román, a quienes intentaron vincular con la delincuencia, ahora sus padres buscan justicia

Xalapa, Ver.- Diez meses después de presenciar el homicidio de sus hijos Román y Ernesto a manos de policías de Orizaba, Luz María González dice comprender porqué dios le permitió sobrevivir a esa fatídica noche: para limpiar el nombre de los dos hermanos víctimas de una ejecución extrajudicial.

En entrevista en su hogar, Luz María y su esposo Román Pérez Martínez recordaron lo ocurrido la madrugada del 1 de noviembre de 2018, cuando Abraham “N”, Jesús “N”, Jaime “N”, Álvaro “N”, Marco Antonio “N” y Pedro “N” habrían disparado contra Román, de 31 años, y contra Ernesto Pérez González, de 33 años, en ese instante, en auxilio de su menor hermano.

Los agentes de la Policía Municipal de Orizaba permanecen detenidos y vinculados a proceso por los asesinatos, sin embargo, horas después de la ejecución extrajudicial medios de comunicación y redes sociales en aquella ciudad asociaron a uno los hermanos Pérez González con células delictivas. Incluso, el parte policial describe que Román, al momento de los hechos, portaba un arma de fuego y por lo tanto los elementos policiales “repelieron la agresión”.

En las inmediaciones de la vivienda, que actualmente todavía tiene los impactos de las balas que se estrellaron en paredes y rejas de metal, los peritos levantaron más de 300 casquillos percutidos.

Luz María desecha tajante cualquier versión que inculpe a sus hijos. Esa noche, la mamá de los muchachos tuvo dos opciones: salir a la calle y abrazar a Ernesto y Román cuando agonizaban, con el riesgo de morir asesinada por los policías, o permanecer en casa, salvar su vida y luchar para limpiar el nombre de sus hijos.

“Tengo que impulsar que se haga justicia, porque no me voy a quedar cruzada de brazos cuando quisieron hacer ver a mis hijos como unos delincuentes, (...) lo que me mantiene fuerte es esa lucha porque no queden manchados los nombres de nuestros hijos. Si yo supiera que eran malos, te aseguro que agacho la cabeza, pero aún si hubieran sido los peores hombres en esta tierra no tenían derecho a morir de esa manera”.

Esa madrugada, en medio de los disparos y con su esposo lejos de casa, a Luz María le inundó la impotencia y la frustración de no poder ayudar a los dos muchachos, derribados en el suelo, los dos solos y víctimas de una ejecución que considera alevosa, a traición y con ventaja de los policías.

“Es terrible ver tendidos a mis hijos, ensangrentados, sin una ayuda por parte de nadie. Al contrario, fui amenazada por la propia autoridad, de que 'si te metes, o te toca a ti también'. Yo le dije al oficial 'yo no le estoy faltando el respeto, por favor una ambulancia'. Desecha porque no pude abrazar a mis hijos, desde lejos, de aquí (en la ventana), les daba la bendición a ellos, pero no me dejaban darles un abrazo, un beso, eso es horrible.

“Dios por eso no permitió que saliera, porque no iba a haber quien defendiera esa mala reputación que quisieron darles y ahora tengo esa responsabilidad de darles a ellos el lugar y esa identidad que ellos tenían como personas y profesionistas”, subraya Luz María.

Román era diestro y murió apretando las llaves de su camioneta en su mano derecha. Los policías le habrían sembrado un arma, poniéndola en la mano izquierda para simular el enfrentamiento.

El ataque ocurrió en la madrugada, cuando Ernesto salió en auxilio de su hermano y fue abatido por la espalda. Los padres aseguran que las pruebas son contundentes contra los elementos municipales.

A diez meses de los hechos, ella recuerda a los dos hermanos tal cual eran. Román, profesor de matemáticas y asesor, con estudios de maestría. Ernesto, odontólogo de profesión, a cargo de su propio consultorio y aficionado al futbol.

La pérdida minó la vida de Luz y Román, pero no aminora los esfuerzos de los dos padres para reclamar justicia para los muchachos, ambos, al servicio de la comunidad como profesionistas.

“Como mujer tengo que salir adelante. Luchar hasta donde dios me lo permita porque al mismo tiempo es el temor que pudiera pasarme algo 'sorpresivamente', (…). Nosotros educamos profesionistas porque siempre les mencioné a mis hijos: el día de mañana que yo no esté, tú tienes con qué defenderte, para que puedas vivir de una manera honrada y sin hacerle un mal a nadie”.

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Un matrimonio ante la adversidad

De vez en cuando, las sonrisas devuelven el ánimo a Luz María y su esposo Román Pérez Martínez, como al recordar la forma en que se conocieron hace más de 30 años.

“Formábamos parte de la rondalla. Cada uno en sus respectivos colegios, donde estudiábamos y había eventos donde participaban las rondallas y en esos eventos nos conocimos. Se utilizaban las grabadoras y con el cassette yo grabé el evento y el pretexto fue ese, Román se acercó para preguntar si podía escuchar lo que había grabado”, relata Luz María, anécdota de una vivencia que dio origen a su matrimonio.

Tras titularse en Ciencias Naturales en la Escuela Normal Superior de Ciudad Madero, en 1984 Román Pérez comenzó a laborar en diferentes planteles en Nogales, Río Blanco, Zongolica y finalmente en Orizaba.

“Tengo 34 años de servicio a la niñez y los jóvenes y a lo mejor eso derivó en el caso de Román, porque a él sí le llamó la atención el magisterio, las matemáticas, Ernesto dijo 'esto no es lo mío' y eligió por otro lado”, expresa Román Pérez Martínez.

Por su parte, Luz trabajó treinta y dos años en Teléfonos de México en Córdoba, ciudad a donde viajaba todos los días, pero después, con la automatización de la empresa tuvo la oportunidad para trasladar su centro de trabajo a Orizaba y jubilarse en 2017.

Sin embargo, a pesar de la descarga de trabajo los dos padres poco disfrutaron a sus hijos. Incluso, una vez retirada, Luz comenzó una rutina agradable: dejarle el desayuno al joven Román y salir a ejercitarse con Ernesto, para después volver a su casa antes de las 9, desayunar y abrir el consultorio de su hijo odontólogo, en donde permanecía todo el día.

“No duró ni un año lo que disfruté a mis hijos porque mis vacaciones no coincidían con la de los niños. En mi caso no, sí salimos de vacaciones, pero siempre tratando de coincidir en los tiempos por los diferentes trabajos”.

La muerte de los muchachos obliga al señor Román a reflexionar si continuar o no con la labor docente, principalmente, por el estado de ánimo tras los hechos del 1 de noviembre.

“La situación por la que atravesamos me motiva a hacerlo, y ahorita estoy con permiso, y tendré que tomar la decisión más adelante, (…) el estado de ánimo no era el adecuado para trabajar, desempeñarte, porque no puedes trabajar, no puedes involucrarte con el trabajo y en este momento pido ese permiso porque requiero mi tiempo para buscar justicia en el nombre de mis hijos”.

Por su parte, para Luz, la rutina interrumpida con Román y Ernesto le resta ánimos para regresar a sus actividades normales. Actualmente todo su hogar está lleno de los recuerdos de ambos. Sus habitaciones se encuentran tal y como las dejaron, al igual que el consultorio dental.

Afuera de su casa, justo en donde fueron abatidos, hay un pequeño altar con sus fotografías a donde las personas que los conocieron les llevan juguetes o flores. Adentro también hay un altar con artículos personales, con imágenes en donde aparecen sonrientes y felices.

“No he tenido ánimos de regresar al ejercicio en el lugar donde iba yo con él, son recuerdos, convivencias, a él (Ernesto) lo acababan de operar la clavícula y el médico le dijo que no podía realizar ejercicios fuertes y menos el fútbol, que era su pasión y con la natación era con lo que convivíamos. No sé si pueda tomar la rutina, aunque el médico me lo recomienda para no estar tan estresada. Ha sido muy difícil, el sentimiento sale en cualquier momento como ahorita, que trato de ser fuerte pero es algo que no puedo llamar de alguna manera, es la ausencia en casa, es la puerta del consultorio que no se va a volver a abrir”, lamenta Luz María.

La rutina incluía la hora de la comida, con el regreso de Román a la casa familiar, cada tarde, con la música a todo volumen y los ladridos alegres del 'hijo' del maestro de matemáticas, un perrito pug, considerado por los Pérez como uno de sus dos nietos.

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Falta temor a dios

“Tratamos de inculcarles valores, que es lo que se perdió y se está perdiendo a una velocidad muy rápida y te preguntas ¿Y los papás dónde están? Hay jóvenes que cometen actos que no son propios para su edad y donde dices que uno como padre o madre tienes que inculcarle valores de respeto y honradez como mayores, el temor a dios, porque hay un ser superior y él nos ve desde el cielo. Somos católicos, no deben perder el respeto a los mayores, a los abuelitos, los papás, es parte de la familia esa unión porque hay muchos problemas en el camino y todos tenemos problemas de diferente tipo, pero hay que salir adelante y tener COMO modelo a Jesús”, expresa Luz María.

Román y Ernesto parecían polos opuestos. El maestro destacaba por su alegría, su gusto por la guitarra y la música. El odontólogo resultó más reservado, más serio, con un gusto inevitable por el balompié.

“Los hijos son una responsabilidad para toda la vida, no importa si tienen meses de nacido, si tienen 30, siempre van a ser nuestros hijos y ellos eran mi motor, por ellos trabajamos para sacarlos adelante, sacrificamos muchas cosas porque siempre quieres darles lo mejor”, añade su madre.

Román se distinguía por la facilidad para las amistades, Ernesto, por su profesión. Le gustaba vestir formalmente, casi siempre de corbata. Román podía igual vestir casual como formal y en muchas ocasiones los amigos de Ernesto se volvían los amigos de Román.

“Ernesto era más machetero en sus estudios. Román muy hábil para captar, con gran retentiva y muy hábil en las matemáticas, Ernesto tenía la pasión del fútbol, Román por el básquetbol y los dos resultaron seleccionados del Colegio México y de mayores siguieron practicando el deporte”, recuerdan sus padres.

En la música igual se distinguían. A Ernesto le gustaba la música de Alejandro Fernández. A Román, la de Maná pero al maestro de matemáticas le gustaba el karaoke y siempre le ponía alma a la fiesta e incluso, bailaba salsa con su mamá.

En pocas palabras, los dos se complementaban. Ernesto no fumaba, no tomaba alcohol, no tomaba café y no tomaba refresco, por su parte, Román tomaba o una copa o un refresco, y cuando iban a salir se decían: 'carnal vamos a salir' y Román le pagaba la cena, en cambio, Ernesto acudía de conductor designado.

Incluso, Ernesto tomaba muchas fotos y en la mayoría salía serio, Román por su parte siempre salía sonriendo.

Hoy, el matrimonio enfrenta cada día como dos padres que perdieron a sus hijos. El hijo de Ernesto, un pequeño menor de edad, también perdió a su padre.

“Tiene que aprender a vivir sin su héroe, todos los varones nos identificamos con el papá y Ernesto y su hijo se identificaban mucho (...) se llevaban mucho, se ponía a estudiar con él, siempre andaban juntos y en YouTube veían videos de autos”.

Hasta en el balompié resultaban adversarios: Román vestía los colores del América, Ernesto, los del Atlas e incluso se declaró admirador de Rafael Márquez y cuando jugaba pedía la posición defensa, con el número 4 en el dorsal.

Sin embargo, al probar suerte con el “Orizaba” el director le obligó a decidir entre el futbol o la escuela. Obviamente Ernesto eligió los estudios.

“Román siempre me traía flores y Ernesto me decía te invito a desayunar” recuerda con amor Luz María.

Saben que mi testimonio los puede dejar en la cárcel

Sin embargo, esa madrugada, a Román y a Luz les quitaron todo, dice la madre mostrando los diplomas colgados de las paredes.

“Tengo aquí sus evidencias: Ernesto, odontólogo, Román profesor, terminando su Maestría en Educación Superior. Si son delincuentes, como lo quieren hacer ver ¿para qué gasto en su educación si se lo van a ganar en un ratito? son el resultado de valores, valores de casa, (…) a todos los que tengan un bebé les pido enfocarse más en eso: en los valores como padres”, plantea Luz María.

La noche de los sucesos, el maestro Román salió a buscar a Román “Jr.” cuando dieron las 4 de la madrugada y el profesor no volvía a su casa.

En un instante, recibió la llamada de su mujer y con la voz entrecortada y en lágrimas, le narró lo ocurrido con los dos muchachos.

En vano intentó llegar a su casa. La policía lo retuvo una cuadra antes de su domicilio, mientras Luz le pedía ayuda desesperada. En tanto, los agentes le amenazan con detenerlo si seguía “de necio”.

“Cuando no te permiten pasar el ver a tus hijos tirados, muertos, no te permiten acercarte porque tu instinto como padres es ir a ellos, es una desesperación e impotencia en ese momento y te empiezan a cuestionar con una serie de preguntas, y narrar, recordar, es muy frustrante y desesperante”, agrega.

A lo anterior llegaron los prejuicios de la sociedad, al acusar a los padres de “verse muy tranquilos” en medio de la tragedia y los rumores en los medios de una supuesta actividad delictiva de Román.

“Tuvimos dos opciones: ponernos a llorar o levantar la voz. A través de un video y las redes sociales afirmamos que eso no es verdad, es una total mentira y que estaba siendo manipulada la información y es en ese momento que decidimos defender el nombre de nuestros hijos, porque eran personas que crecieron en un ambiente sano y fueron preparados para servir su profesión, servir a la comunidad, cada uno desde su profesión”.

Sin embargo, la mayor parte de la comunidad apoyó a la pareja hundida en el luto. “La gente no es tonta porque conocen a mis hijos de distintas maneras, a nosotros nos conocen también, somos gente conocida en la clase media, de trabajo”, expresó Luz González.

De acuerdo con el testimonio de ambos padres la patrulla de la policía de Orizaba perseguía a Román y frente a su domicilio en Orizaba abrieron fuego contra el profesionista.

“Empecé a oír los disparos. Te levantas como cuando tiembla. Me encontré con mi hijo Ernesto, que venía bajando corriendo y dice '¡mi hermano!', corremos para abrir la puerta del consultorio. Para mi fueron segundos que se me hicieron eternos en llegar a la puerta y el temor de que fuera él y vemos todo y mi hijo me dice: 'no salgas', tanto que salió descalzo, porque estaba durmiendo”.

Ernesto salió a auxiliar a Román, pero los policías igual le dispararon. Ambos quedaron sobre el suelo. Ahí inició la lucha de Luz y Román por la justicia de los hermanos.

“O me quedaba sentada llorándole a mis hijos o me paraba para limpiar su nombre y opté por lo segundo”, decidió Luz.

“Previo a esto tuvo que haber pasado algo que nadie ha querido decir, ¿Por qué? no sé, todo tiene un porqué y tiene que haber una verdad que tiene que salir”, acusa Román.

A diez meses, la comunidad y sus padres recuerdan a Román y Ernesto, algunas veces los amigos dejan juguetes en la puerta del consultorio, o bien copas de vino en memoria de los ausentes.

“Yo no tengo necesidad de mentir, únicamente digo lo que pasó, porque es la verdad, no tengo necesidad de inventar cosas y de todos modos, a pesar de lo que se haga, no los vamos volver a ver, sin embargo ese nombre que quisieron ensuciar tengo la responsabilidad de limpiarlo (…), ellos saben que mi testimonio puede mantenerlos en prisión”, insiste Luz.

El caso continúa en proceso y dos de los 6 policías implicados consiguieron amparos que los podrían librar de la cárcel. Los amparos fueron impugnados y hasta que se resuelvan podrá continuar el juicio.

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