Coatzacoalcos Ver.-  A sus ocho años de edad, Jair Santiago debería estar jugando o viendo la televisión en casa, sin embargo, el pequeño no se puede dar ese lujo en cuarentena y decidió salir a las calles a vender bolillos para ayudar a su familia. 

“Pues yo salgo a vender y vendo 15 bolillos cuando salgo, porque mi mamá no me deja salir siempre, pero le digo que la gente ya me conoce, y pues ando gritando vendiendo bolillos y ya me compran”, explica mientras sostiene un canasto de palma que le abarca su espalda. 

Con camisa a cuadros, pantalón de mezclilla y tenis blancos sin agujetas, el chico grita por las calles de Coatzacoalcos el precio de sus bolillos. 

“Bolillo, quiere bolillos a sietes pesos”, ofrece con una voz gruesa que contrasta con su físico larguirucho y su estatura que no rebasa el metro con 20 centímetros. 

Jair cuenta que decidió vender panes sin que nadie se lo pidiera, pero que después se dio cuenta que su mamá (Isabel) se quedó sin trabajó y ahora lo hace más convencido. 

“Pues quiero ayudar en lo que pueda y trato de vender todos los bolillos”, expresa con sonrisa ingenua. 

Carga su canasta con una mochila para que no lo lastime

Para poder cargar su canasto, donde lleva hasta 20 bolillos, Jair cosió los tirantes de una mochila con logos de un partido político “El señor que me vende los bolillos se llama Nahúm y me ayudó a armar mi canasto", comparte. 

Jair se surte en una panadería de la colonia Miguel Hidalgo muy cerca de su casa; después sale a vender durante las tardes. Su grito es fuerte y se escucha por las calles de las colonias que recorre, donde ya ha ganado algunos de sus clientes.

Quiere una bocina, una tableta y regalarle una muñeca a su hermana

“Yo le digo que ya no salga porque no quiero que la gente piense que lo estoy mandando o que me está manteniendo, pero no es así, aunque sea para comer yo busco, pues me quedé sin trabajo”, señala Isabel, madre de Jair, quien trabajaba en uno de los comedores comunitarios que fue cerrado por la emergencia sanitaria. 

Pero Jair, además de comprar alimentos en su casa y ahorrar para regalarle muñeca a su hermana de seis años, también tiene una ilusión: “A mí me gusta vender bolillos porque me quiero comprar una bocina y estoy juntando para una tablet”.  

“Mi mamá me dice que no vaya, pero yo por mi parte le digo que tengo que vender”, insiste. Él trata de no vender muy lejos de su hogar ubicado en la avenida General Anaya de la colonia Miguel Hidalgo, y regresar antes de que caiga la noche.

Le tocó una vida difícil, pero no se queja

Jair y su familia viven en una de las partes más marginadas de Coatzacoalcos; su casa de lámina y piso de tierra fue construida en un predio declarado como zona de riesgo por posibles deslaves.

La pobreza se ha ensañado con esta familia que en tiempos de coronavirus sufren aún más por la falta de empleo. Han recibido algunas despensas de parte de personas altruistas, pero no son suficientes.