Antes de ser asesinada, Samara Arroyo encabezó un proyecto para reunir fondos y comprar 15 celulares que serían entregados a niños con dificultades para tomar clases a distancia durante la pandemia por covid-19. 

“Apadrina un niño” es el nombre de la campaña que organizó el club Rotarac Kairós, del cual Samara era presidenta. En enero de 2021 se repartirían los equipos en comunidades marginadas de Perote, municipio ubicado a 50 kilómetros de Xalapa, capital de Veracruz. 

Sam -como la llamaban de cariño- comenzó a vender galletas y caramelos por redes sociales. La meta estaba cerca. Sin embargo, ese y todos sus planes se esfumaron de forma violenta; con la misma inercia que murieron otras 79 mujeres en Veracruz, durante 2020. 

La joven de 28 años de edad combinaba su labor altruista con su empleo como nutrióloga. En abril de 2020 sorprendió a su familia con la noticia de que había conseguido un contrato temporal en el Puerto de Veracruz, en la Unidad Médica de Alta Especialidad (UMAE-14) del IMSS. 

Desde entonces rentó un departamento, pues la idea de viajar todos los días desde su casa en Xalapa no era conveniente, y menos lo era llegar tarde a su turno, que iniciaba a las 6:30 horas de lunes a viernes. 

En la UMAE-14 Samara se encargaba de realizar menús a pacientes portadores del virus SARS CoV-2. En su trabajo, la convicción de ayudar al prójimo la portaba siempre, como su filipina rosa.  

“Ella, junto con sus compañeros de nutrición del IMSS, hicieron una pequeña campaña que consistió en hacer dibujos sobre platos de unicel (donde sirven la comida) y daban mensajes de ánimo a pacientes en el área covid”, contaron familiares.  

Samara Aurora Arroyo Lemarroy fue privada de la libertad el 23 de diciembre de 2020, en el Puerto de Veracruz. Tras 15 días de búsqueda su cuerpo fue hallado en la comunidad Palmas de Arriba, en el municipio de Actopan. 

Por este hecho fue detenido William “N”, quien era instructor deportivo de la víctima en un gimnasio de Xalapa. Ahora es el principal sospechoso de su muerte. 

La desaparición de Samara 

Samara aprovechaba los fines de semana para visitar a sus padres en Xalapa, donde retomaba sus actividades en el club rotario, entrenaba en el gimnasio y salía con sus amigos al cine o al café. También solía cocinar, uno de sus principales pasatiempos. 

La tarde del domingo 20 de diciembre salió por la tarde de Xalapa para volver al puerto. Debía llegar con tiempo a su departamento para lavar sus uniformes y dormir temprano. Las horas de sueño es algo que respetaba de manera estricta. 

A sus planes de esa semana se adaptaron sus padres, acordaron que la alcanzarían a Veracruz la tarde del 24 de diciembre. Después viajarían a su pueblo natal, Jáltipan, Veracruz, donde festejarían su cumpleaños. Samara cumpliría 29 años el 27 de diciembre. 

La tarde del 23 de diciembre Samara habló por teléfono con su padre y se escribió hasta noche con su madre. Los planes iban conforme lo acordado. Sin embargo, al día siguiente la joven no llegó a su trabajo, algo que nunca había ocurrido en casi un año. 

“Le habíamos encargado un pastel especial por su cumpleaños”, comentaron sus familiares. 

Alrededor de las ocho de la mañana los padres de Samara fueron notificados por amigos que “Sam no contestaba su teléfono”. La tragedia para entonces acaba de iniciar. Ellos reportaron su desaparición y comenzó su búsqueda. 

La navidad terminó sin noticias. El 25 de diciembre, autoridades y el padre de Samara localizaron su camioneta, una Nissan Kicks sobre una carretera de Actopan, a 90 kilómetros del Puerto de Veracruz. Pero el vehículo no era conducido por Samara, sino por William “N”, su instructor en el gimnasio Strongest GYM.

William “N” fue detenido y presentado ante un juez por los delitos de robo de vehículo y ultrajes a la autoridad, pero ella seguía desaparecida. El 2 de enero de 2021 fue difundido en redes un video donde aparecía el instructor saliendo del domicilio de la joven, en el Puerto de Veracruz.

El hombre aparentemente cargaba un bulto envuelto en sábanas y lo depositó en la parte trasera de una camioneta. Era la camioneta de Samara. Los días pasaron sin noticias hasta la mañana del 6 de enero. El gobernador, Cuitláhuac García Jiménez, refirió que había información determinante en el caso. 

Minutos más tarde, autoridades de la Fiscalía General del Estado (FGE), confirmaban que el cadáver de Samara fue localizado en el domicilio de William “N”, en Actopan. El presunto asesino trató de ocultar el crimen con hojas secas en el patio de esa vivienda. 

A un día de la noticia, la familia exige justicia. “Esperamos justicia. Es una situación horrible para nosotros que nadie debería pasar. Estamos agradecidos con Dios porque la encontramos; sabemos que hay familias que no encuentran. Desafortunadamente no la encontramos con vida”.

Familiares, amigos y asociaciones civiles se han manifestado en redes sociales para exigir justicia con el hashtag #justiciaparasam.

Una vida de logros académicos y altruismo

A Samara Arroyo, familiares y amigos la recuerdan como una persona respetuosa, responsable y luchadora. Sus metas personales se concentraban en cosechar logros académicos que acumuló desde la infancia. A sus 28 años recién había concluido una segunda maestría en educación, debido a sus intenciones de encausarse en la docencia. 

Samara se formó en el colegio de monjas “Carlos Grossman” en el municipio de Acayucan. Allí conoció a Sandra Isabel Amador Atilano, cuando cursaron juntas el tercer grado. 

“Ella siempre fue una chica muy tranquila. Dentro del salón siempre cada quien hace un grupo de amistad y a nosotros nos tocó la fortuna de cruzar en esa escuela. Sam fue una chica muy recatada, callada y muy estudiosa; además tenía la particularidad de que no se metía con nadie”, dijo Sandra Amador en entrevista. 

Sandra, Samara y otras amigas estudiaron juntas hasta la secundaria. A pesar de distanciarse en la preparatoria continuaron frecuentándose en Acayucan o Minatitlán. “Como en Acayucan no había cines, una de las mamás de nosotras nos llevaba a Minatitlán. Hacíamos actividades muy sanas, siempre de hecho muy vigiladas por la mamá de alguien”, comparte.

Sandra Amador recuerda que aún con su educación estricta, propia de un colegio dirigido por monjas, ella y el grupo de Samara encontraban cómo pasar momentos divertidos. 

“Dentro de nuestra escuela nos obligaban a tomar un día de retiro espiritual, entonces nos llevaban a un lugar que se llama la Casa de la Cristiandad. Ahí pasábamos todo el día solamente con las madres. Yo recuerdo mucho que ya llegaba un punto en el que, pues ya no queríamos estar ahí, nos daban una misa y todo ese tipo de cosas y nosotras nos íbamos hasta el último cuarto (dormitorio) y llevábamos los celulares y poníamos música y si podíamos escondernos de las madres pues mejor”, cuenta. 

“Éramos muy cumplidas y a lo mejor muy ñoñas, pero al final vivimos nuestras etapas, con muchos valores y una educación muy fomentada por nuestros padres”. 

Con el paso del tiempo, Samara se mudó al estado de Puebla donde egresó como licenciada en Nutrición en la universidad Ibero. Sandra concluyó sus estudios como educadora. Por redes sociales seguía campañas altruistas de su amiga, y estaba por solicitarle una consulta virtual, comentó. 

“Hay que juntar ropa para la gente que le hace falta, nos decía Sam, no sé si hay huracán hay que llevar latas a cierto lugar, hay que llevar comida envasada, llevar pañales, cosas así, ella siempre sabía de algún lugar donde necesitaran ayuda”. 

“Es duro ver que a esa persona que está en tus fotografías de cumpleaños, en tus recuerdos de quince años, le haya tocado vivir un caso tan lamentable”.  

Samara Arroyo concluyó sus estudios universitarios en 2015. Un año más tarde realizó un máster en nutrición clínica en la Universidad Rovira I Virgil (URV) y Universidad de Barcelona (UB) de España

A su regreso, en 2017, instaló el Centro de Nutrición y Bienestar Integral (Cenubi), en Xalapa, y comenzó a cubrir contratos temporales en el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSTE). 

En julio de 2020 fue elegida como presidenta del club Rotarac Kairós y una semana antes de su desaparición obtuvo la cédula profesional de su segunda maestría en educación.

“Queremos que a Samara la recuerden como una gran hija, una gran mujer, responsable, respetuosa, luchadora por lo que ella quería, una excelente profesionista. A ella le gustaba trabajar por el bien de los demás”, agregaron sus familiares.