Todos los días desde las ocho de la mañana hasta las 12 del medio día, Jesús recorre las principales avenidas y calles del centro de Veracruz, cargando una pequeña caja de cristal que pesa 15 kilos y que en su interior no solo lleva gelatinas y flanes, sino también el esfuerzo de 40 años de trabajo en un oficio que se niega a perecer, incluso en pandemia. 

Fue en el año 1981 que don Jesús llegó al puerto de Veracruz, todavía recuerda el sonido del tren que anunciaba la llegada de los nuevos pasajeros que visitaban tierras jarochas.

Con apenas 20 años salió junto con su esposa de la sierra de Altotonga, huyendo de la pobreza que lo aquejaba en su pueblo, buscando una mejor calidad de vida para su familia.

Desde entonces se dedica a vender gelatinas que elabora en su casa, aunque la venta ya no es igual como en aquellos años, admite que, sigue trabajando para que este oficio no se extinga, la rutina es una de las cosas que lo mantienen en pie.

"Tengo que seguir la rutina porque es necesario para el organismo, no quedarse en la casa nada más sentado viendo la tele, porque si no me afectaría", comentó don Chucho, quien a sus 60 años las ganas y su ímpetu no lo han abandonado.

La primera parada que realiza es donde vea más gente, a veces va al Registro Civil otras en el edificio de Telégrafos, en cada punto se queda unos minutos ofreciendo sus gelatinas.

Actualmente son muy pocas personas que compran. Debido a la pandemia de la covid, sus ventas bajaron, pero eso no lo detiene, pues afirma que siempre habrá alguien que adquiera al menos una.

"Cuando yo tenía veinte años recorría de aquí a Villa del Mar ida y vuelta cargando mis gelatinas, ahora ya solo doy las vueltas por aquí", dice.

De las más de 200 gelatinas que vendía en aquellos años, ahora no trae ni siquiera la mitad, la gente suele comprar muy poco, además de que en todos lados venden ese producto, comentó.

La pandemia lo obligó a estar resguardado

El hombre bajito de tes morena y ojos verdes que con su plática dicharachera que transporta en un segundo al antiguo puerto de Veracruz, se jacta de ser uno de los últimos gelatineros de antaño.

El cariño que le tienen a este trabajo es otra de las virtudes que muy pocos se pueden dar el gusto, pues fue la primera labor que desempeñó al llegar a esta ciudad.

En las calles aprendió a vencer la timidez, se hizo de viejas amistades que hasta el momento lo siguen acompañando y sobre todo logró darle a su familia una vida sin preocupaciones.

Con tristeza ve como el oficio se ha quedado en el olvido por las nuevas generaciones, sus hijos todos profesionistas se alejaron por completo de este trabajo, pese a que también laboraron junto a su padre para obtener ingresos.

"Es un trabajo muy pesado, la juventud no quieres este trabajo, quieren andar en moto, no quieren cargar, es un poco difícil y nadie quiere hacer este trabajo. A parte que en la temporada de calor si no se apresura hacer su recorrido y no las vendió, pues ya se le vienen deshaciendo", contó.

La emergencia sanitaria lo obligó a estar unos meses dentro de casa, ya que forma parte de uno de los sectores que pueden llegar a tener complicaciones si se contagia del virus, comenta que por fortuna ni él ni su familia padeció la enfermedad y que regresó a laborar pues en su casa ya se había aburrido.

Al igual que los prestadores de servicios turísticos espera que con la llegada de Semana Santa sus ventas se incrementen, así como reafirma que mientras sus fuerzas se lo permitan seguirá preservando el oficio de gelatinero en el puerto de Veracruz.