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Opinión



Pesadillas

Lunes, Marzo 20, 2017 - 16:20
 
 
   

Mi Duenda, me dice que mis pesadillas son propias de los ñoñazos.

Tomé mi camión hacia el hermoso pueblo de San Andrés Tlalnelhuayocan. En camión es un viaje más o menos tardado, y me quedé dormido. Desperté exactamente en la parada donde iba a bajar. Cuando estaba a punto de dejar el autobús, descubrí con horror que mi mochila (a la que se le conoce coloquialmente como “mi cruz”) estaba abierta y todo su contenido normal (cámara, un par de lentes, mi PC, entre otras cosas) no estaba en ella.

Horrorizado, le dije al conductor que se detuviera un par de minutos. Pensaba que mi cruz se podría haber abierto accidentalmente y mis cosas estarían regadas por todo el autobús. Literalmente me arrastré por el piso del camión, sin ningún resultado. De pronto, entre las cosas de uno de los pasajeros asomaba una cámara, y pensé que era la mía, pero no (era una Sony a7r, que por otro lado, es como un sueño).  Desesperado, empecé a buscar descaradamente entre las cosas de los pasajeros, que me veían con extrañeza; otra cámara. Tampoco era mi vieja 7D. Otra. Tampoco. El chofer volteó a verme, y me dijo que mis cosas no estaban, que ya me bajara. Volteo a ver mi cruz, y estaba vacía. Desperté, sudando. Busqué con la mirada mi cámara. Ahí estaba, como siempre. No pude volver a dormir.

Ya mucha gente ha escrito (y muy bien) sobre las pesadillas, esas ensoñaciones que provocan terror, ansiedad o tristeza, y que nos asaltan a mitad de la noche para que no podamos volver a dormir. El origen de la palabra es inglés (Nightmare, o sea, la yegua de la noche), pues la gente relacionaba los malos sueños con una opresión en el pecho de los durmientes, como si un animal se sentara encima de nosotros. Imagínese una yegua sentada encima de usted. Seguro siente un poco de opresión.

García Márquez dijo en una entrevista radiofónica que hay tres tipos de pesadillas: las terroríficas (que son una clase inferior), las absurdas (que son las más comunes) y las absolutas, que son casi imposibles de definir, y cuyas diferencias con los sueños comunes pueden ser establecidas sólo por expertos.

Pues como ya se imaginará, amable lector, mis pesadillas (no podría ser de otra forma), tienden hacia el absurdo. Sinceramente yo no sé por qué me levanté tan sobresaltado, si la pesadilla era de lo más inverosímil. Debo confesarle que no es la primera vez que me pasa. Recuerdo muy vívidamente una pesadilla que tuve como a los 8 años, por culpa de la fiebre. A media noche, empecé a delirar: en el sueño me perseguía un abecedario, las letras eran enormes y monstruosas, y tras de ellas, venían los números, con esa misma actitud amenazante. Recuerdo entre sueños que la Elfa estaba junto a mí, intentando bajarme la fiebre con un pañuelo mojado, y cuando yo decía, “los números… las letras, me están siguiendo” el Elfo le decía a mi madre: “¿Ves? Tanto que presionas al chamaco con la escuela, que está todo traumado”.

Esta última vez, cuando desperté, no sabía si reírme o qué hacer para deshacerme de esa sensación de terror. Y empezaron las interrogantes: ¿Por qué diablos iba a Tlalnelhuayocan en camión?, ¿Por qué no sentía nada cuando me estaban robando mi equipo? ¿Cómo fue que me quedé tan dormido? ¿Por qué la gente de Tlalnelhuayocan lleva tantas cámaras a Xalapa? ¿Cuántos fotógrafos hay en Tlalnelhuayocan?

Mi Duenda, que es experta en diagnósticos por internet, me dice que mis pesadillas son propias de los ñoñazos. La pesadilla del abecedario y la de mi equipo vienen del mismo lado: mi ansiedad por la adicción al trabajo. Y puede que sea cierto, la verdad es que tal vez debo descansar un poco mejor. Porque efectivamente la ansiedad que sentía cuando buscaba en el camión mi equipo fue un asunto infernal. Tanto que en cuanto abandoné el sueño, recordé las últimas líneas de Borges hablando de La Pesadilla: “Todas (las etimologías) sugieren algo sobrenatural. Pues bien: ¿Y si las pesadillas fueran estrictamente sobrenaturales? ¿Si las pesadillas fueran grietas del infierno? ¿Y si en las pesadillas estuviéramos literalmente en el infierno? ¿Por qué no? Todo es tan raro que aún eso es posible”.

Hablando de pesadillas, de trabajo, de infierno, le quiero contar que aparentemente, ha vuelto eso que creíamos que era una pesadilla que iba a pasar, que ha sido la matanza de periodistas en nuestro estado. Desde este espacio exigimos que no haya impunidad, que sea esclarecido el caso  y que den con los culpables del cobarde asesinato del columnista Ricardo Monlui. No se mata la verdad matando al que la dice. Queremos que la pesadilla termine.  Para no acabar mi columna hablando de terrores, le dejo mi recomendación musical de esta semana: El gran Lightnin’ Hopkins cantando el “Nightmare Blues”. Una joya. Que la disfrute. Nos leemos el lunes:

Sígame en tuiter, le prometo que no va a soñar feo: @albantro.


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