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Opinión



La Libertad del Diablo

Viernes, Mayo 19, 2017 - 11:29
 
 
   

La terrible verdad de los desentierros y la total impotencia de quienes podrían aún estar ahí...

La Libertad del Diablo

(Everardo González, 2017)

En cierta coyuntura de la primera mitad de La Libertad del Diablo, se escucha a Everardo González preguntarle a un sicario qué sintió al matar. El sicario responde de manera ecuánime que, a esas alturas, en realidad, ya no se podía sentir nada. El momento, pues, aunque pujante en el discurso de la película, no resulta clave en el entramado de la cinta. Esto gracias a que durante todo el metraje nos enfrentamos con situaciones y estados de la misma naturaleza: voces de primera mano que nos anudan a una realidad presente, una realidad que hila la ira con el perdón, el terror con el lamento, la soledad con el recuerdo, la lucha con la fragilidad y la esperanza con la impotencia. Todos los momentos, pues, en el más reciente trabajo de Everardo son clave para el funcionamiento de una introspección sobre los tiempos nuestros: los tiempos de los desparecidos.

A base de máscaras que cubren el rostro a sus personajes, la modulación de las experiencias a las que nos hacen participes se van armando en una composición de ritmo apaciguado. Tanto el filme como las reflexiones: las advertencias, el reparo, las consideraciones y el exhorto, se dan el tiempo necesario para renacer, para reflejarse nuevamente frente a la pantalla y podernos hacer sentir las tribulaciones y desconsuelos plenamente en la mirada de quienes se confiesan: víctimas y victimarios. Sin confrontar versiones, sin tomar partida alguna, el realizador logra acercarnos, bajo una elegante mano, a los rincones que hay detrás de la violencia en el país; las cavilaciones que hay en el fondo de quienes no sólo son los testigos de primera mano, sino los actuantes de la evaporación de la esperanza nacional.

El filme de Everardo González no recae, pues, en una radiografía sobre la situación actual en México, se da la tarea más bien de dibujar un anecdotario que termina por ser de pesadilla; cuasi bestiario de acontecimientos tan presentes, frescos e inscritos en la frecuencia habitual, que son ya parte de diversas generaciones a futuro perdidas. Generaciones cuyos caminos de vida no cuentan con otros rumbos que el sometimiento o el obligado indulto, la cólera impuesta o la revancha imaginaria; la compensación imposible.

Bajo una plástica nativamente áspera, el punto central de esta obra es la catarsis personal que cada uno de los involucrados hacen sobre su propia carga, sobre la circunstancia que le ha tocado vivir y repasar al día a día. El encadenado de las situaciones circunda el universo que cohabita con nosotros en un territorio cuyas fronteras no son sólo las físicas sino también las temporales: los recuerdos de quienes ya no están, de quienes han salido sin encontrar el regreso a casa. La indefensa silueta de la búsqueda y el auxilio, la insuficiencia e intranquilidad de los espacios vacíos. La terrible verdad de los desentierros y la total impotencia de quienes podrían aún estar ahí, en algún lugar, bajo una ensoñación quimérica que no deja nunca descansar.

Si bien la madurez de Everardo González ya se veía acrecentada y centrada en estas aristas desde hacía un par de obras –y es que parte de este tema se introducía en su anterior filme– La Libertad del Diablo coloca sobre el tablero todo su trayecto andado, todo ese camino sorteado que le ha llevado hasta este punto. Sus alcances son calculados a detalle, sus afrentas humanas. Su balance sobresaliente. Su gusto es preeminente y se agradece el corte fino que impone a una obra cuyo eco golpea a quien tenga o no una experiencia cercana a las que se muestran frente a cámara.

Si bien Octavio Paz habló de la máscara del mexicano como una auto-afrenta, como un encubrimiento propio de identidad, con esta cinta podemos atribuirnos la misma como una imposición, una obligación casi moral. La máscara del mexicano actual no sólo nace, se teje desde la cúpula del poder para ser vestida invisiblemente y colocada ahí con una fuerza de cinismo que hemos aprendido a obviar. La máscara nueva que nos vence es una que no logra que se desnude su naturaleza, la de la ilegalidad reinante. La de la total impunidad.

La Libertad del Diablo de Everardo González

Calificación: 4 de 5 (Muy Buena)

Consulta el blog del autor: Yo no pedí que fuera así

Síguelo en Twitter: @FrippZappa


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