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Opinión



'Cuando me sabía números de memoria'

Jueves, Julio 2, 2020 - 20:07
 
 
   

Tengo la corazonada de que a medida de que me actualizo en asuntos que van ligados a la tecnología, a la vez, me deshago de alguna capacidad interactiva analógica; por muy simple que esta sea. Al contrario de quién pudiese pensar que no es un asunto de gran relevancia, hay un punto donde la carencia de esa habilidad me empuja poco a poco hacia el epicentro de la estupidez. Por ejemplo:

Recuerdo que a los inicios de Abarrotes ‘La Paloma Express’, por allá del 2009, había desarrollado la increíble capacidad de recordar casi todos los precios de los productos, y de sacar cuentas mentales sin necesidad de la calculadora. Todo se anotaba en una libreta y al final del turno, según los datos de la libreta, se realizaba el corte de caja. No había necesidad de que el cliente llegara a la caja para saber cuánto le ibas a cobrar: -“Son veinticinco de la Coca, más ocho de las palomitas, más veintisiete de queso fresco. Son sesenta, jefa”. Y si el cliente te sacaba un billete grande (uno de quinientos), te lucías al devolver el cambio. – “Sesenta y cuarenta son cien. Y doscientos son trescientos, y doscientos; quinientos”.

Incluso llegué a recordar los números telefónicos de los clientes frecuentes, cuando todavía se utilizaban celulares para vender la recarga. Sin querer, uno creaba un lanzo de confianza con los clientes: -“Pepe, te encargo una recarga de cincuenta para mi jefa”. No había necesidad que me repitieran el número, yo me lo sabía de memoria.

Hoy apuradamente solo recuerdo mi número, porque a veces también he llegado a dudar si es el correcto. He caído en cuenta de que, si un día se me descompone el celular y por alguna razón tengo que marcar a un número de emergencia, me llevará chingada porque no me sé ni uno. Ya no hago cálculos mentales, tampoco me acuerdo de la tabla del siete. Mi mente ha desechado procedimientos básicos de cálculos matemáticos. Ya no me acuerdo como restar, multiplicar, o dividir, con la ayuda del papel y lápiz, metiendo en la casita cuatro números con dos decimales. De vez en cuando, con toda la pena del mundo, tengo que recurrir a la ‘vieja confiable’; checar tutoriales en Youtube, para que esa capacidad no se vuelva incapacidad. 

Lo más vergonzoso del asunto es que en el plano de las letras también me pasa. Soy incapaz de escribir a puño y letra. Hace tanto que no escribo a mano, que el callo formado en las coyunturas de los dedos donde recargaba el lápiz desapareció. Durante la cuarentena pensé en llevar a cabo una dinámica de cartas (redactadas a mano, muy apegado a la parte romántica) para distintas personas. Incluso llegué a pensar en comprar un lote de estampillas en Correos de México, pero decliné por el hecho de que mi letra se volvió ilegible hasta para mí. 

Después de unas veinte hojas en la basura me di por vencido. Tomé aquello como una señal divina para no exponer mi mala ortografía, que en la mayoría de las veces, me autocorrige la plantilla de Word (pero que casi nunca concientizo sobre el error), o, el hecho de que Google despeja las dudas más aberrantes que puedan surgirme (para no quedar como un ignorante ante la ‘sociaety’), cómo el titubear si se escribe: ‘gimnasio o gimnacio’ ‘desaser, desacer, o deshacer’, ‘vergonsoso, vergonzoso, o vergosozo’. 

Ojalá y estos momentos puntuales de estupidez sean un caso aislado. Mi caso. Y no el común denominador de una sociedad que se abalanza sobre la tecnología y que va desechando lo analógico como hojas de libreta. De ser así, vamos derechito a la hecatombe. A nuestra propia extinción como raza.  De momento intentaré, como decía un supervisor en la chamba: “regresar a los básicos”. Así que, por si la dudas, empezaré a carga una libreta pequeñita y una pluma en la bolsa de la camisa, como lo hace mi abuelito, para apuntar números y direcciones en caso de emergencia. 

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