Víctor es originario del puerto de Veracruz y llegó a la capital en julio de 2020 por un trabajo que le ofrecieron de albañilería.  Pero meses después, cuando la situación económica se volvió más crítica durante la pandemia, volvió a quedar desempleado.

 

Ante esta situación, al joven de 30 años ya no le alcanzaba para pagar una renta; tomó su maleta de tela y las dos mochilas con las que había llegado y empezó a deambular por las calles de Xalapa y a sobrevivir con sus pocos ahorros que logró juntar mientras trabajó de albañil.

 

No le quedó más remedio que ‘apretarse el estómago’ y seguir, pues tenía la esperanza de encontrar algún lugar donde pudiera ganar un poco de dinero y dónde pasar una buena noche, comenta.

 

Así, Víctor empezó a recolectar latas y con eso se valió por algunos meses. “La basura que alguien más tiraba, era lo que hacía que comiera” comenta el hombre de estatura media y de tez morena.

 

A Víctor ya no le funcionaba la venta de latas y tuvo que encontrar un rincón en donde la noche lo alcanzara para descansar y al otro día seguir buscando trabajo. 

 

Al deambular por las calles, Víctor llegó a las inmediaciones de la avenida Clavijero. No se imaginaba que sus días, desde entonces, iban a mejorar un poco. 

 

Se trata del comedor ‘Semillas de Fuego’. Víctor, como muchos otros, se acercó tras ser invitado por un grupo de jóvenes a pasar a un lugar de muros altos, con el letrero: “Ven a comer, comedor gratuito”. 

 

El comedor de la esperanza

El comedor comunitario se ubica dentro de la cafetería “Semillas”, y está adherido a la iglesia cristiana “Semillas de Fuego” que durante pandemia creó este espacio, inicialmente, para las personas que habían perdido su empleo. No imaginaron que tiempo después, sería el refugio para más personas que lo necesitaban.

“Nos topamos con esta realidad en donde la pandemia no sólo vino a afectar al área de la salud, sino también al área económica y esto afectó a muchas familias de muchos lados, especialmente en Xalapa notamos que el desempleo aumentó”, comparte el co-pastor de la iglesia.

 

Desde las ocho de la mañana ‘Semillas de Fuego’ es un café, como uno de tantos que hay en Xalapa, pero, a partir de las 14: 30 horas, es el refugio de muchos que lo necesitan.

 

Voluntarios reacomodan el local; colocan tres mesas largas y unas 15 sillas para respetar la sana distancia. A decir de los organizadores, entre 70 y 100 personas pueden sentarse y tomar lo que, para la mayoría, es la única comida en su día. 

 

Así como Víctor, también llegan ingenieros, cocineros, migrantes, enfermos; algunos cargando sus cartones con los que duermen en la calle, otros sus mochilas; todos con las manos vacías.

 

En 2020, una pareja de adultos llegó a la capital por problemas de salud, ambos acudían al Centro Estatal de Cancerología de Xalapa. La mujer con cáncer de garganta y su esposo en el estómago. Tras varias sesiones de quimioterapia y andar ya algunos días en la zona sin dinero, sin comer y sin tener dónde quedarse, sus pies los llevaron a descubrir el comedor.

 

Animarse a cruzar la calle para llegar al establecimiento, siempre es un reto, pues aún muchos no creen que puedan recibir algo de personas que no conocen.

 

El señor se animó a cruzar la calle y llegó al establecimiento donde preguntó si era verdad lo del comedor comunitario. Al obtener un ‘sí’ de respuesta y una invitación preguntó una segunda vez, aun incrédulo.

 

Se volvió con su esposa que lo observaba desde el otro extremo de la acera y tras una seña de que se acercara a donde él estaba, la mujer cruzó la calle lo más rápido posible.

 

Al asegurarle una vez más que no tenían que pagar nada, la mujer se soltó en llanto y comentó que se habían quedado sin nada, que no sabían cuánto tiempo estarían en Xalapa y que no habían comido.

 

La pareja estuvo yendo seguido al lugar, hasta que pudieron regresar a sus lugares de origen. 

 

Otra historia la cuenta Adolfo Bárcelas, el co-pastor de la iglesia, es la de señor que trabajaba en un restaurante de mariscos junto con otras 15 personas; todos fueron desempleados.

 

Tras quedarse sin trabajo, el señor se dedicó a vender chicharrones y en su recorrido por las calles, encontró el comedor comunitario.

 

“Fueron 15 familias que se quedaron sin recibir dinero, el señor cuando descubrió el lugar fue por su familia y la trajo, por meses estuvieron comiendo todos los días. Luego de que le cayó un dinero, nos trajo arroz, como muestra de agradecimiento”, agrega. 

 

Voluntariado y dispensario médico

Hasta diez personas ayudan diariamente en el comedor Semillas, desde aquellos que hacen la comida, acomodan el comedor, reclutan a personas y atienden a sus comensales. 

Transeúntes de la zona, comerciantes, amistades y familias, cada uno desde sus trincheras nutren más este proyecto y han ayudado a que permanezca.

 

Al ver en las condiciones que llegaba la gente, una doctora que tiene su planta en el Centro de Alta Especialidad “Dr. Rafael Lucio” se ofreció como voluntaria para atender a personas que no tienen dinero. 

 

Para las consultas médicas son los días jueves de tres a cinco de la tarde, ahí mismo dan medicamentos gratis a quienes lo necesiten.

 

“No tenemos un apoyo de alguna fundación, es la donación de la gente que viene y aporta con un kilo de arroz, un kilo de frijol. Nos hemos tocado con la sorpresa que viene mucha gente de la calle y dona algo”