Cuando Luis vio que patrullas y ambulancias rodeaban la casa de su hermano se imaginó lo peor. Una voz que trataba de calmarlo le confirmó la noticia: Miguel se murió.

A Miguel Ángel Sulvarán Xolo recién lo habían asesinado en su habitación, en un domicilio ubicado en la calle Insurgentes, en la colonia centro de Xalapa, la mañana del pasado miércoles 13 de octubre.

 

 

Tenía rastros de violencia en el cuerpo: marcas de estrangulación, casi 20 puñaladas en el pecho, moretones en las costillas y cortes en las muñecas.

Según la carpeta de investigación XAL/DXI/F1°/5351/2021 que abrió la Fiscalía General del Estado (FGE), Miguel murió por estrangulamiento y por las heridas que las puñaladas le causaron.

 

 

Cuando su asesino terminó de matarlo lo tapó con una sábana y salió de su habitación. Dos personas que estaban en ese departamento aparentemente no escucharon el crimen.

 

“Me comentan que a mi hermano lo habían encontrado muerto, la verdad me cayó como balde de agua helada en todo el cuerpo”, dice Luis Alejandro en entrevista con E-Consuta Veracruz.

 

A Miguel lo asesinaron tres días antes de su cumpleaños número 29, el cual planeaba celebrar con sus hermanos y amigos el sábado 16 de octubre en Xalapa.

Luis y su madre María Esperanza Xolo Paxtián creen que el asesinato de Miguel se trata de un crimen de odio, pues el joven, de 28 años, pertenecía a la comunidad LGBT.

 

“Eso fue prácticamente torturante para mi hermano, él ni siquiera pudo defenderse, ni siquiera pudo meter las manos para pedir ningún tipo de ayuda.

Creo que la persona que se lo hizo de verdad no tiene corazón”, afirma Luis.

 

 

La reforma hecha el 28 de mayo de 2018 a la fracción séptima del artículo 144 del Código Penal del Estado de Veracruz considera dentro del homicidio calificado a los delitos de odio.

De acuerdo con la ley, un crimen de odio deriva de las preferencias sexuales o identidad de género de la víctima.

 

Luis, el último familiar en verlo con vida

La noche del martes 12 de octubre, horas antes del crimen, Luis visitó a su hermano. Había llegado de San Andrés Tuxtla, municipio donde él y Miguel nacieron.

Blas, quien compartía departamento con Miguel, le abrió la cochera para que pasara. Entró entonces a la habitación de su hermano, quien veía películas con su novio César.

Estuvo dentro de la habitación aproximadamente 10 minutos y después salió a la sala, donde platicó media hora más con Blas y su novio Marcos. Luego se retiró.

Aquella noche Luis se fue del departamento de Miguel dejándolo con tres personas: su novio César, su roomie Blas y el novio de este, Marcos.

Se fue al departamento de su hermano menor y ahí lo esperó hasta las 12 de la noche, cuando llegó de viaje de San Andrés Tuxtla.

 

“Esa noche la pasé con mi hermano menor en su departamento, por la mañana me levanté como comúnmente lo hago, salí de compras para hacerle desayuno a mi hermano y me empiezan a llegar mensajes como a eso de las once de la mañana”, narra.

 

 

La mañana del miércoles 13 de octubre su celular no dejó de sonar. Nayely, una de las trabajadoras del negocio de su hermano le marcó insistentemente.

 

“Después recibí insistentemente un audio de Blas, vía WhatsApp, en el que me dice que es necesario que me comunique de manera urgente”, recuerda.

 

Luis dejó las cosas que compró en la casa de su hermano y tomó un taxi para llegar al domicilio de Miguel, en la calle Insurgente.

Cuando vio las patrullas afuera de la casa de Miguel, pensó que se trataba de un asalto a su negocio, un local de venta de artesanías, ubicado justo a un costado del domicilio. Entonces preguntó por él.

 

-          ¿No te dijo nada Blas? – le respondieron.

-          No, no me dijo nada ¿qué pasa?, ¿dónde está mi hermano?

 

El joven corrió desesperado hacia la habitación de Miguel, la cual ya estaba acordonada con cintas amarillas y rodeada de elementos ministeriales que recogían evidencias.

 

“Le pregunto a Blas que qué había pasado, me comentan que lo tome yo con mucha calma porque a mi hermano lo habían encontrado muerto”, relata.

 

Blas murió a las 3 am; nadie escuchó el ataque

De acuerdo con el dictamen pericial, Miguel Ángel Sulvarán Xolo murió a las tres de la mañana del miércoles 13 de octubre.

Blas, su roomie, quien dormía en otra habitación del departamento con su novio Marcos, aseguró a Luis que no escuchó ruidos durante la noche.

 

“Pregunté si había escuchado algo, él me comenta que no, que no escuchó nada, le dije que cómo era posible si al final de cuentas él se había quedado también ahí”, se cuestiona Luis.

 

 

De acuerdo con Luis, él se retiró la noche anterior de la casa de su hermano porque César, su novio, planeaba quedarse a dormir.

Sin embargo, César aseguró que también se fue de casa de Miguel a las once de la noche, cuatro horas antes de su muerte.

Ante la fiscalía declararon todas las personas que estuvieron en el departamento de Miguel la noche previa a su asesinato, menos Marcos, el novio de Blas.

Luis declaró que cuando salieron de la fiscalía, Blas le platicó que Marcos se levantó al baño aproximadamente a las cinco de la mañana.

 

“Para poder ir al baño en esa casa es obligatorio pasar por la habitación de mi hermano, dice que su novio le comentó que al pasar por la puerta de mi hermano las puertas estaban entreabiertas y que logró ver una sombra, una silueta de una persona parada. No hizo caso y se dirigió hacia el baño y al salir, las puertas ya estaban cerradas”, declara.

 

Marcos se fue de casa de Miguel y desde entonces sigue sin rendir su declaración ante la FGE.

 

“Lo que me manifestó Blas es que le informa a Marcos que habían matado a mi hermano y que como él había visto tal vez a esa persona en el cuarto de Miguel que se fuera a su casa, que se escondiera y se encerrara porque tal vez esa persona reconoció a Marcos”, expresa.

 

El hallazgo

Miguel Ángel Sulvarán Xolo solía despertarse a más tardar a las siete y media de la mañana para bañarse e iniciar su trabajo.

 

“Era prácticamente abrir la tienda, recibir a los practicantes y a los del servicio social, él todos los días se despertaba temprano”, dice Luis.

 

Esa mañana a Blas se le hizo raro que Miguel no se reportara temprano como siempre lo hacía, por lo que tanto él como las personas del servicio social del negocio lo contactaron por mensajes.

Miguel nunca respondió, por lo que supusieron que se fue de fiesta o que se quedó dormido. El tiempo transcurrió hasta las once de la mañana.

A esa hora Blas tocó a la puerta de su habitación, pero Miguel tampoco respondió. Entonces movió la puerta. Estaba entreabierta.

Lo vio acostado sobre un colchón colocado en el piso, a un costado de su cama matrimonial. Estaba tapado con una sábana y llamándolo por su nombre hizo por moverlo con un pie.

Miguel tampoco reaccionó, por lo que Blas lo destapó. Ahí lo vio, muerto, con una almohada sobre su cara, con los brazos extendidos hacia arriba como si alguien estuviera sujetándolo.

 

“Logra ver golpes en las costillas, en el abdomen, cortaduras en las muñecas, mi hermano tenía envuelto en su cuello una bufanda, y que logra ver que el cuello de mi hermano está morado, como si prácticamente lo hubieras asfixiado y que logra ver prácticamente heridas punzocortantes en el cuello”, recuerda Luis sobre las declaraciones de Blas.

 

La cama de Miguel se encontró intacta, pero su celular nunca apareció y una laptop que utilizaba en el trabajo quedó en manos de Blas y trabajadores del negocio que esa mañana tuvieron acceso a la casa. Tampoco apareció un lote de plata que vendía en el negocio.

César, el novio de Miguel, no se volvió a comunicar. Blas mantiene contacto y Marcos no aparece. Para Luis, todos son sospechosos, incluidos los practicantes y trabajadores del negocio.

 

Miguel era chef y apoyaba a artesanos de Xalapa

Miguel fue el segundo de tres hijos de María Esperanza Xolo Paxtián, a quien le decía “Mariquita” y le gustaba cocinarle cuando iba de visita a San Andrés Tuxtla, de donde era originario.

Allí creció con sus hermanos, incluido Luis, quien en realidad es su medio hermano, producto del primer matrimonio de su madre.

Nunca hubo distinciones, pues el término “medio hermano” nunca existió entre ellos. Eran hermanos y punto. Se lo demostraban, afirma Luis.

Hacía dos años que estaba de vuelta en la capital del estado, donde años antes estudió la licenciatura en Gastronomía en la Universidad de Turismo en Xalapa.

 

 

Antes de la pandemia de la covid-19 emprendió su negocio, “Algaran”, en el que vendía artesanías de productores locales de Xalapa.

Su hermano lo recuerda como una persona muy alegre, con un vicio por el baile, enemigo de la palabra “muerte”.

Miguel Ángel fue enterrado el pasado viernes 15 de octubre en el panteón municipal de San Andrés Tuxtla.

Un día después, al término de los rezos, su familia celebró como si él estuviera, con su altar repleto de flores y globos.

Su familia pide justicia: “Que se realice una investigación exhaustiva, para que este caso no quede impune.