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Opinión



EL JUEGO DE LA VIOLENCIA

Jueves, Diciembre 2, 2021 - 16:10
 
 
   

Por cortos o largos que sean los periodos de paz que vivimos como humanidad, tenemos que aceptar que ineludiblemente, de un momento a otro despertamos en guerra.

La guerra entonces se vuelve el estado normal, causado principalmente por la búsqueda a través de distintos medios -uno de ellos el conflicto armado-, para obtener poder. Paradigma que nos lleva a jugar el terrible y despiadado juego de la violencia, encadenados al tablero, sin que nadie sugiera siquiera que sea una opción detenerse.

Nadie se quiere quitar los guantes aunque les lastimen las manos. La mayoría busca pegar cada vez con más fuerza para dejar al oponente en la lona y que no se pueda levantar.

Llega un momento en que el terreno de la realidad se vuelve tan complicado que no nos preguntamos por qué peleamos, reproduciendo sin cansancio estas batallas que no necesariamente comprenden una lucha de fuerza, siendo el intelecto y la estrategia las que terminan ganando las cruzadas.

Quizás en realidad este comportamiento bélico parte de la naturalidad con la que convivimos, y de aquellas luchas a pequeña escala que tenemos que lidiar por nuestra necesidad apremiante por sobrevivir, el temor a que nos lastimen, o las ansias de dominación propias de la sed de poder.

Esta sed, ha ido evolucionando al paso del tiempo al igual que sus distintas formas de saciarla, hasta llegar a lo que conocemos ahora como procesos electorales, que en sí, se convirtieron en la guerra –más o menos civilizada- desde otros medios.

Dejando de lado el tema electoral, que sin duda también orbita entre el mundo de la violencia –más si señalamos la multiplicación de casos de atentados y privación de la vida de políticos en las elecciones de 2021-, podemos afirmar que se ha convertido en una epidemia, trayendo innumerables muertes que poco a poco consumen a países enteros, como México.

La violencia se alimenta de la pobreza y de la necesidad, de la impunidad y de la corrupción que crecen y se adentran profundamente hasta las entrañas de la sociedad.

La pesadilla nacional que nos consume de a poco, y en ocasiones de golpe, data de hace bastantes años ya, pero tomando únicamente los números de las cuatro últimas gestiones federales, podemos encontrar que de enero del 2000 a septiembre de 2021, se contabilizan, según datos oficiales del mismo gobierno, la horrorosa cantidad de 438 mil 594 homicidios.

Diseccionando dicha cantidad, se puede ver un incremento paulatino de la violencia, que no ha podido cesar. En el sexenio de Vicente Fox (2000-2006), se contabilizaron poco más de 60 mil  homicidios; en el gobierno de Felipe Calderón (2006-2012), 121 mil 613; con Enrique Peña Nieto (2012-2018), se incrementó a 156 mil 437, mientras que en los tres primeros años de Andrés Manuel López Obrador (2018-2021), la cantidad llega a los 100 mil 344, lo que proyecta una tendencia que  fácilmente rebasará los números de Peña Nieto al finalizar el sexenio.

La violencia no ha disminuido, eso es una realidad. En sí, las estrategias por pacificar al país han conseguido, en sus “mejores” resultados, hacer que no crezca, como se mostró en el informe de gobierno de septiembre de 2021, donde anunciaron con bombo y platillo la disminución en un 0.05% de los homicidios con respecto al año anterior.

Otros datos que se suman a la preocupante situación que se vive en torno a esta problemática es el incremento de casi 20% en carpetas de investigación abiertas por violación, el incremento de un 18.5% en violencia familiar, producido quizás en cierta medida por el confinamiento, pasando de 173 mil 177 casos, a 205 mil 273; o la trata de personas, que aumentó un 17.5% respecto al año anterior.

En este escenario, los más beneficiados por el juego de la violencia y la impunidad son el crimen organizado, que sigue teniendo el control de diversas zonas del país –secreto a voces-, con una creciente compra de armamento militar y vehículos blindados con la finalidad de seguir manteniendo su hegemonía y poder.

El crimen se ha extendido por gran parte del país, corrompiendo hasta las instituciones de seguridad que deberían estar encargadas de salvaguardar a la población. Los criminales se han infiltrado en gobiernos de todos los niveles, en ciertas ocasiones, financiando campañas electorales, intercambiando dinero y protección, por favores e impunidad.

Cuando el gobierno pretende atacar, las células delincuenciales se adaptan a la nueva realidad mejor que cualquiera. Cambian de giro: del tráfico de drogas al robo de combustible, del robo de combustible al tráfico de personas y la extorsión, de la extorsión al secuestro, y del secuestro nuevamente al tráfico de drogas; así, un ciclo sin fin de repeticiones y esquemas delictivos.

Una de las modalidades más indignantes de la violencia, es la perpetrada en contra de las mujeres en razón de género. De aquí surge un mapeo breve de la realidad que vive el Estado de Veracruz al respecto.

A nivel nacional la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (CONAVIM), ha declarado, a la fecha, 25 Alertas por Violencia de Género contra Mujeres y Niñas en 22 entidades federativas del país, que incluyen 643 municipios.

Una de estas Alertas fue emitida para el Estado de Veracruz en noviembre de 2016, específicamente para 11 municipios y 47 municipios con población predominantemente indígena. A la fecha, cinco años después, se creería que hay avances considerables al respecto, dado que este mecanismo de emergencia contempla diversas acciones para la atención, sanción y erradicación de este tipo de violencia, pero la realidad dista de ello.

Si bien es cierto que se ha avanzado en ciertos rubros, los avances han sido bastante limitados en muchos sentidos. Algunas especialistas sugieren que en sí, el mecanismo de Alertas por Violencia de Género, es un plato de buenas intenciones con resultados de paupérrimos a nulos, que no es suficiente para el tratamiento de la problemática, al carecer de un análisis profundo y una estrategia clara, general e individualizada, no sólo por municipio, sino por región, para lograr una atención integral que dé mejores resultados.

Veracruz sigue cargando una deuda con las mujeres, heredada desde hace ya varias administraciones, que se agrava desde lo local.

El no poder concretar ni siquiera de manera óptima las Instancias Municipales de las Mujeres en los 212 ayuntamientos del Estado, que ayuden a aplicar políticas transversales para la atención de la problemática, y seguir empecinados en aplicar esfuerzos de oropel, que en muchos casos le dan la batuta a “Mujeres Orquesta” -titulares de Institutos Municipales de las Mujeres-, que ganan menos que los demás cargos homólogos, que no cuentan con una estructura y presupuesto suficiente para desempeñar sus funciones, trabajando a contra corriente.

El juego de la violencia se extrapola a múltiples escenarios, y es tan fácil caer en él, tan sencillo replicarle con nuestras manos y voces; tan fácil y embriagante como cualquiera de los juegos en los que podamos jugar, con consecuencias sutiles pero directas, tanto, que de un momento a otro perdemos la cuenta de las veces que hemos participado, las mismas veces que hemos lastimado a otros sin darnos cuenta, a veces.

El juego de la violencia nos incita a participar con más vehemencia. Pone una venda en nuestros ojos y llena de municiones nuestras armas; se alimenta de la pérdida de conciencia; como un vampiro devora la sangre; le encanta que lastimemos amigos, seres queridos, completos extraños; el juego de la violencia no discrimina, y tiene hogar hasta en el mundo digital, se extiende como virus.

La única cura que tenemos contra la violencia, es enmudecer la réplica, bajar las manos, y romper con la rueda que de un momento a otro nos aplasta a todos.

Romper con aquella rueda perversa y estar en paz. Porque la paz, no es ausencia de guerra, la paz, es más lo que dice su definición gramatical, es un estado donde nos detenemos y antes de actuar, vemos la vida con otros ojos, desde otros ángulos y perspectivas; la paz, es reconocer al otro en uno mismo, la paz es empatía; pero sin duda alguna, la paz, a pesar de todo, es el camino.

Datos del autor:

Licenciado en Derecho por la Universidad Veracruzana

Consultor Político y de Comunicación/ Municipalista/ Humanista/ Escritor y poeta/ diletante de la fotografía.

Xalapa, Veracruz; México / Twitter e Instagram: @JAFETcs / Facebook: Jafet Cortés

 


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